A ti, que estás ausente, distante,
misterioso,
y habitas en el bosque del reino de la
luz,
a ti, que te no me miras ni vienes ni me
escuchas
y elevas un silencio glacial,
desajustado
sobre un haz tembloroso que vibra entre
las sombras,
te extiendo un comentario con forma de
reproche,
la llama de una queja, latente, vertical:
¿hay calma más allá de tantas
tempestades?
¿por qué se alarga el tiempo
del miedo y la penumbra?
A mí me importa el mundo borroso, sobre
el barro,
y el ruido de la muerte que no conmueve
a nadie,
las negras rotaciones del monstruo de la
guerra
que siembra de cadáveres la noche
funeral,
el hombre contra el hombre, dolor y
cacería
con lágrimas de plomo,
oscuras y pesadas,
en un mar de metáforas sangrientas, ponzoñosas,
que nombran inclemencias y gestan mil
preguntas
bajo el cansancio extremo de un sol
difuminado.
En medio de una era dormida,
indiferente,
me duelen la memoria,
los ojos y los sueños.
Las alas de los días dibujan espirales
y hay una grieta adentro que lucha y que
me encuentra
buscándole sentido al drama de la vida.
¿En qué creer si estallan las horas de
la herrumbre?,
¿de qué estrofa secreta están hechas las
almas?
¿acaso la compuerta de nubes y de sombra
me lleva hasta el camino del ámbito
invisible?
Igual que las estrellas lejanas,
rutilantes,
que cuentan por la noche las páginas del
tiempo,
radiantes, cegadoras, tranquilas,
indolentes,
también, al fin, recuerdo que el cuerpo
es transitorio,
la carne es solo el traje de un ciclo
temporal.
Me rindo, me abandono,
confío, me libero.
Quizás tu plan perfecto para este
simulacro
recoja en algún sitio las ávidas
respuestas
y aguarde en el futuro un bálsamo de luz.
Rosales
