jueves, 23 de julio de 2026

Al Dios de la Verdad (XIV Premio "Ángel García López")

 





A ti, que estás ausente, distante, misterioso,

y habitas en el bosque del reino de la luz,

a ti, que te no me miras ni vienes ni me escuchas

y elevas un silencio glacial, desajustado

sobre un haz tembloroso que vibra entre las sombras,

te extiendo un comentario con forma de reproche,

la llama de una queja, latente, vertical:

¿hay calma más allá de tantas tempestades?

¿por qué se alarga el tiempo

 del miedo y la penumbra?

 

 

A mí me importa el mundo borroso, sobre el barro,

y el ruido de la muerte que no conmueve a nadie,

las negras rotaciones del monstruo de la guerra

que siembra de cadáveres la noche funeral,

el hombre contra el hombre, dolor y cacería

con lágrimas de plomo,

oscuras y pesadas,

en un mar de metáforas sangrientas, ponzoñosas,

que nombran inclemencias y gestan mil preguntas

bajo el cansancio extremo de un sol difuminado.

 

 

En medio de una era dormida, indiferente,

me duelen la memoria,

los ojos y los sueños.

Las alas de los días dibujan espirales

y hay una grieta adentro que lucha y que me encuentra

buscándole sentido al drama de la vida.

¿En qué creer si estallan las horas de la herrumbre?,

¿de qué estrofa secreta están hechas las almas?

¿acaso la compuerta de nubes y de sombra

me lleva hasta el camino del ámbito invisible?

 

 

Igual que las estrellas lejanas, rutilantes,

que cuentan por la noche las páginas del tiempo,

radiantes, cegadoras, tranquilas, indolentes,

también, al fin, recuerdo que el cuerpo es transitorio,

la carne es solo el traje de un ciclo temporal.

Me rindo, me abandono,

confío, me libero.

Quizás tu plan perfecto para este simulacro

recoja en algún sitio las ávidas respuestas

y aguarde en el futuro un bálsamo de luz.


Rosales