PREMIO XXXIX CERTAMEN
INTERNACIONAL DE
POESÍA VILLA DE LA RODA
La tarde es afilada y desigual.
Bajo una luz inmersa en la penumbra
donde el silencio de la niebla fluye,
siento un rumor de estrellas en la piel.
Tras el ímpetu virgen de la espera,
guardo un abismo lleno de vigilias
y un eco que susurra en otro idioma.
Alejada de todos y de mí,
comprendo su lenguaje con los huesos.
Sobre el término gris de la palabra,
sube una voz de nieve hasta mi oído,
una estatua de hielo prodigioso,
para decir después, tranquila y leve:
“yo soy tu soledad. Escucha y arde”.
Luego me asalta y corta la tristeza,
se dobla bajo el peso de mi sombra
y el párpado del aire se ilumina
con un fulgor amable y pensativo.
Ella, mi soledad, resplandeciente
y asida a las raíces del otoño,
insiste en que jamás me espante el miedo
cuando vislumbre el pulso de su abrazo.
Adivinando un nuevo resplandor,
afirma que es la ruta y el origen
para encontrar la vocación del mar
o para huir del cuerpo y del volumen
donde se mezcla mi alma en el paisaje
mientras procuro dividir la lluvia.
La soledad, antigua conocida
del pájaro que habita entre mis sienes,
eleva un patrimonio hasta las nubes
con tinta de cristales y emoción.
Está en los bancos de la bruma densa,
abriendo naves o en el leve viento
de los jardines de la mente en calma
cuando acude la lírica a mi espacio.
La soledad propone, yo respondo
como el que cruza un fuego atemporal
para alcanzar orillas imposibles
y puedo deslizarme al infinito,
más allá del misterio y su perfume,
a través de un poema interminable.
Ella
invita a crear constelaciones
mientras
cuenta el milagro del amor,
el
verso salta al fin de los estantes
del
purgatorio gris de las metáforas
y
aflora lo que siento hoy, profundo,
tras
el cercano ayer de la memoria
cuando
ríen los ojos de tristeza
o
asaltan los recuerdos todavía.
Con
frecuencia me inspira y me estremece.
Apunta
que, a su lado, en la quietud,
la
poesía vuelve y se desviste,
como
una maravilla singular,
sobre
el diván ingrávido y secreto
de los
sueños que están por escribir.
La
soledad, el cielo de la pluma
que en
ráfagas de versos se deshace,
es un
lugar de tránsito festivo
y una
estación sembrada de ocasiones.
Se
alimenta de gruesa oscuridad,
de la
noche feroz, inacabable
que,
con un pensamiento en cada mano,
derrama
el corazón en el papel.
Más
tarde, en el vacío, me repite:
“escóndete
en los vértices del mundo,
tiende
una escala de oro hasta los sueños
o bebe
de las venas del insomnio.
Aprende
a susurrar como los árboles.
Yo soy
tu soledad. Escribe y vuela”.

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