El teléfono al lado. Tú en la sombra
donde no aguardo vida ni regreso.
Aquí la oscuridad ya no te nombra
ni te espera en mi boca un solo beso.
El silencio de vuelta a la cabeza,
la resonancia interna de la lluvia
haciéndole la ola a la tristeza
mientras se rinde mi esperanza rubia.
Desde el exilio, lágrimas y voces,
de ser arrebatadas y feroces,
acaban como el muerto en el entierro.
Nada me queda. El cosmos ladra y muerde.
Aquello que soñaba ayer se pierde
y, en la calle, se lo ha comido un perro.
Rosales
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